OPINIÓN

Nisman y la carta robada

Nisman y la carta robada

Por Rafael Bielsa – 

Desde el 1° de año, día de su estreno, leí varios comentarios sobre el documental “El fiscal, la presidenta y el espía”, dirigido por el periodista inglés Justin Webster, una “no ficción cinematográfica en serie”. La mayoría esperables: medicina forense, derecho procesal, criminalística. Con las excepciones -que se agradecen- de Tuny Kollmann, Myriam Bregman y Marcelo Stiletano.

La obra, como músculos y tendones en la mesa de disección del Dr. Nicolaes Tulp –el maravilloso cuadro de Rembrandt “Lección de anatomía” –, pone ante los ojos a la Argentina. Las conclusiones que podemos sacar, más que sobre el “caso Nisman”, son sobre nosotros mismos. Nuestra vida entera: un país que se piensa como ficción al que una no ficción le muestra la verdad. Quizás, uno de los méritos mayores del trabajo.

Gesticulantes gendarmes que no pueden explicar de modo entendible de qué se trata la pericia que hicieron; espías gesticulantes que sonríen socarronamente de alguna gracia que sólo ellos conocen; fiscales detectivescos; políticos irresponsables; ciudadanos coléricos contra otros ciudadanos igualmente coléricos; infoteiners tan gesticulantes como los gendarmes y los espías, pero mal hablados (hablar cuidando cada palabra es el privilegio de la nobleza del proletariado); instituciones raquíticas; promesas incumplidas; exageraciones esperables; sorpresas inesperadas y desagradables. En fin, la paleta completa de los colores de nuestro propio rigor mortis.

Afectando un hastío romántico, multiplicando nuestros automatismos de repetición, con ostentoso fingimiento de indignación, los argentinos normalizamos lo que nos hace aberrantes: no poder enterrar a un muerto, no poder condenar a un culpable, no poder dejar en paz a un inocente.

Como en “La carta robada”, el cuento de Edgar Poe, no buscamos la carta porque creemos que sabemos dónde está, y cuando la buscamos, la que está no es la carta que buscábamos.

Lo más insoportable del film para mí, un argentino más, es verme a la cara sin carne, descarnadamente. Que es lo que no hacemos colectivamente. Nos tenemos de espaldas los unos a los otros, y las espaldas no tienen ojos. Nos olvidamos que de lejos dicen que se ve más claro. Para no pasar por la vergüenza de ser como somos, hacemos como que miramos para otro lado.

Veo un programa que tiene 45 años: “Polémica en el Bar”, del 23 de mayo de 1973. Están hablando Adolfo García Grau y Javier Portales, ante la atenta mirada del inolvidable Fidel Pintos, de Luis Tasca, de Juan Carlos Altavista y de Vicente La Russa. Portales le pregunta a García Grau qué espera del nuevo gobierno y recibe por respuesta: “Que baje el dólar. ¡Que el dólar se vaya a los caños! ¡Abajo el imperialismo yanqui!”. Pregunta: “Pero… ¿vos no tenías todos tus ahorros en dólares?”. Y García Grau contesta:

“¡Sí, pero ahora me fui al marco, la peseta y la libra esterlina! ¡Vamos el Mercado Común Europeo, viejo y peludo!”. Para que “éste” pudiera ser “el gran país que todos anhelamos”.

Nosotros, los de entonces, siempre somos lo mismo. Así, se comprende que sea tan difícil para un extranjero entender a la Argentina. Aunque lo ayude una línea de tiempo.

Dos momentos estremecedores, cada uno en su registro, nos deberían hacer pensar en que todo tiene consecuencias, en que el tiempo es veloz, en que hoy ya es mañana. En que “… todo termina con la muerte” (dice el espía).

Uno, es cuando habla el doctor José Manuel Ubeira: “Todos los errores que una persona puede haber cometido en su vida, se salvan cuando uno dice: ‘Bueno, yo hasta aquí llegué, y no sigo más’. Por eso para mí el hecho de que él se haya quitado la vida es la última señal de pedido de auxilio para sus propias limitaciones. Pero fue grande en el sentido de decir: ‘Bueno, llegué al final del recorrido. Sé que esto no lo puedo seguir un metro más’. Y tomó una decisión que es profundamente íntima. Ahí el hombre merece profundo respeto”.

Y el otro es cuando Héctor Timerman, con un puñadito de energía, explica: “Establecíamos un canal e intentamos resolver una causa”. Y con su poco resuello remanente, pregunta: “Cuatro años… ¿puede decir en qué avanzó la causa? Lo único que avanza es mi cáncer”.

Tenías razón, Timerman: lo único que avanzó fue tu cáncer.

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