OPINIÓN

No hay vuelta atrás

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Por Marta Dillon – 

Una adolescente levanta los hombros y a la vez se señala los pezones para decir que no le gusta usar corpiño y que no lo va a usar aunque su mamá, que está a su lado, la mire mordiéndose el labio. Así que se agacha, toma un papel del suelo con la frase “no te vistas así que te van a mirar todos” y la ubica sobre un afiche color amarillo, en la zona de alerta de la violencia de género. “Y sí, mamá, es un plomo que nosotras nos tengamos que cuidar y que los chabones anden prácticamente en bolas”. La madre también se agacha y toma el mismo papel, levanta el mínimo cascote que lo sujeta y lo coloca en la zona roja, la del peligro, la que indica que hay que buscar ayuda. Porque a ella le da miedo que salga así como está ahora su hija, el aro que tiene en el ombligo expuesto, las piernas desnudas y las tetas puntiagudas sin corpiño. Hacen 33 grados. Estamos en la plaza de la villa 21-24, en el sur de la ciudad de Buenos Aires.

Estoy sentada en el piso viendo la escena, tomando notas, llevo puesta mi remera de Ni Una Menos, soy un afiche ambulante y justo a mi lado está el afiche que se imprimió ahí cerca: “Las villeras paramos”. La actividad la guía una piba del barrio, usa como top un pañuelo violeta que dice “la revolución es feminista”. Se trata de diagnosticar el grado de violencia de las frases escritas en papeles de carpeta escolar, todas escuchadas mil veces. “Sos re puta”, “Andá pero dejá la comida hecha”, “Si te veo con otro te mato”, “soy tu marido y tenés que coger conmigo”, “de qué trabajo hablás si no hacés nada”, “si me dejás me muero”. La piba del pañuelo suma un fragmento de su historia: “Cuando empecé la escuela la directora no me dejaba ir con una remera pupera, llamó a mi mamá y nos sentó a las dos en la dirección, me dijo que vestida así la avergonzaba porque parecía una puta. Después me hice torta y lo de puta lo hubiera preferido”, las carcajadas son el remate de la historia.

En otra rueda en la misma plaza, pibas y doñas se mueren de risa con una ruleta que obliga a elegir tarjetas de un color por tema, las rosadas hablan de salud sexual y las ronderas tienen que responder por verdadero o falso. “¿Los varones que se hicieron vasectomía pueden eyacular?” ¡Sí, que pueden! Se adelanta Nati Molina, autoridad comunal de la villa, trabajadora de la economía popular, “voy a salir por el barrio a promocionar la vasectomía porque sí pueden eyacular”, dice pero las doñas niegan con la cabeza, los hombres no se la quieren hacer, se quejan.

Estamos en la víspera del paro feminista que se cambió para que suceda en día hábil al 9M, para que el paro sea productivo y reproductivo. Para que se detenga la vida cotidiana del trabajo remunerado, cuando hay, y el trabajo de cuidado, que no se detiene nunca. En la villa la luna sale tres cuartos iluminada, el dibujo de su cara fragmentada se ve nítido. Dos niñas que todavía no entraron al secundario hablan de Educación Sexual Integral y otra más, un poco más grande, lee un texto en el micrófono que amplifica la asamblea un texto en el que desea que su hermanita tenga una relación sana, que sus primas vuelvan enteras de bailar, que mamá no esté tan cansada y que a su abuela le alcance la jubilación. Todo un mapeo del paro feminista en los vínculos familiares que acá en la villa se superponen en pocos metros y se entraman sin dificultad: la precariedad de la vida expuesta como los dientes que faltan en algunas sonrisas, como la vergüenza que les da a las mayores decir la palabra “clítoris”, como la facilidad que tienen las pibas para decirle a los prefectos que toman mate en su garita “altos pajeros”.

El paro feminista discute el modo en que el capital captura nuestra vitalidad y pasa al mismo tiempo por el cuerpo, es una efervescencia en la sangre, te dan ganas de dar besos mojados y de gritar hasta que la garganta raspe como el pavimento por las que ya no tienen voz. No hubo una sola vez en la que la rabia no acuda igual que las lágrimas; es el cuarto que se hace un 8 de marzo, ese día en que no nos festejamos sino que nos rebelamos, o más bien, hacemos de la rebelión cotidiana cita común, disputa política, demanda concreta, ocupación de la calle y reconocimiento, otra vez, de todo lo acumulado. Si hay fiesta es porque nos tenemos entre todas y entre todes, porque vibramos al ritmo de la revuelta en Chile y buscamos estrategias para seguir señalando el golpe de Estado en Bolivia en clave feminista. Esa clave que lo mezcla todo y lo cambia todo porque leemos en nuestros cuerpos la teoría que se produce y se apropia porque cuando faltan las palabras circulan las impresas, las escuchadas, las grabadas, las que se hacen carne porque cuando sintetizan lo que sabíamos y no se podían nombrar es el cuerpo entero el que cambia.

“Eso que llaman amor es trabajo no pago”, dicen en la villa y te explican con la rutina de todos los días lo que quiere decir cuidar y estar hartas de que eso sea invisible. Se dice patriarcado, héteronorma, así como se dice conquista o género. La ilustración es una dinámica que se despega del papel y se hace cuerpo porque circula de boca en boca. Cuando, como esta semana, una mujer es arrojada de un balcón, la clave feminista traduce que algunos cuerpos se leen descartables y contra eso la rebelión y el paro: produzcan sin nosotras. Aunque este paro no mida porcentaje de acatamiento –aunque ya verán– porque este paro es una toma de conciencia a la vez que una medida de fuerza, una lectura sobre el tiempo en que se trabaja y el poco que queda para vivir; sobre el deseo, la autonomía y el tiempo que nos deben, ese que se va haciendo cuentas, sudando, pidiendo prestado, trabajando extra, haciendo viandas, reciclando la ropa, apagando la luz para que no sea impagable, poniendo monedas en algún lado para pagar los apuntes, soñando con que tal vez alguien de entre todes pueda ayudar a pagar sin pedirle al banco o al Anses, pensando cuándo vamos a gozar sin temor de qué la noche se acabe demasiado rápido o que el amanecer demande otra tarea. Este es un paro efectivo, más allá de las horas y de las que no pueden parar el trabajo rentado porque deja de serlo y entonces activan en las redes o se toman unos minutos y detienen el conteo de las horas que se restan y dicen, vamos compañeras, vamos compañeres.

Hoy domingo en distintas plazas, esquinas, locales, barrios, en la puerta de un supermercado, en la feria de la villa 31 y 31 bis, en Olavarría y en Neuquén, en Entre Ríos pero también en Cochabamba, Bolivia; en El Alto, en Santiago de Chile, en ciudad de México, en Bahía, Brasil; en Uruguay y la lista sigue, las acciones se repiten y el contagio es más persistente que el coronavirus porque no hay vacuna, porque es irreversible, porque las pibas y las viejas descubriendo sus cuerpos, las travas y les trans en la calle codo a codo, el machismo discutido en el campo al mismo tiempo que se discute qué semilla preservar y cuál plantar; eso no se detiene, eso no necesita de nadie al frente. Todo eso que detenemos para poner en marcha nuestro deseo es el producto del paro feminista y es para nosotras y nosotres, como la deuda que enfrentamos, la externa y la doméstica, es con nosotras y con nosotres. Y vamos a reclamar que la paguen, desde la calle y en las camas, en todos lados, a toda hora; lo que transformamos lo transformamos para siempre aunque la amenaza antiderechos crea que puede hacer retroceder la marea. Podrá retirarse de a ratos, pero sólo para tomar nueva fuerza. Y eso lo sabemos, en el cuerpo y en las palabras que lo habitan y lo construyen, las que creamos juntas, las amoldamos a la propia boca, las que dicen nuestros nombres.

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