OPINIÓN

Hace falta otra agenda

Hace falta otra agenda
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Por Eduardo Aliverti – 

De los recién siete meses que este Gobierno cumplió el viernes pasado, más de cuatro los lleva en pandemia.

Quizás curiosamente, no se reparó mucho que digamos en ese detalle tan sencillo como neurálgico y que debiera obligar a poner bajo su marco tanta cosa que se dice, agita, vomita, cuestiona.

La semana pasada, por ejemplo, “todo” pareció exasperarse debido a la exposición de unos miles, muy pocos, que violaron el aislamiento social. Por algo habrá sido que no hubo coberturas físicas generalizadas, ni cataratas de filmaciones espontáneas, ni testimonios de la bronca federal, ni recorridas aéreas.

Fue el gran tema mediático, eso sí. Pero, ¿es el gran tema?

Para variar, debe interrogarse cuál es el alcance construido y cuál el real de ese espectáculo.

Durante una entrevista en televisión, rápida como prácticamente todas en tanto ese medio requiere show y altisonancia constantes, el antropólogo Alejandro Grimson dejó una mirada interesante, provocativa, sobre el porqué de la violencia ¿renovada? que se enunció en la marcha del jueves por el contagio masivo.

Grimson dijo –es literal, no textual– que esos marchantes representan la honda frustración de los sectores más recalcitrantes de la sociedad. No pueden tolerar que, aun con todas sus incertidumbres, críticas, ansiedad y zozobra, el sentimiento mayoritario acompañe, a grandes rasgos, las líneas principales del Gobierno asumido hace apenas siete meses.

Ya para aburrir: “la gente” está angustiada. No ve la salida. Presiente que, cualquiera fuese, será entre difícil y dramática. Percibe que el tendal de fábricas y comercios cerrados ya es inédito. Que los desprotegidos se incrementarán en forma tal vez inexorable, o que cabe temer eso. Que la malla del Estado resulta imprescindible, pero insuficiente.

Esa “la gente”, sin embargo, ¿es representada por quienes, si hubiera condiciones objetivas, estarían agolpándose en la puerta de cuarteles?

El relato de la minoría intensa que se agrupa en los medios de comunicación opositores habló de una explosión protestataria.

Ni ellos creen que pueda verificarse ese dato gracias a una caravana porteña de automóviles entre la avenida Belgrano y el Obelisco; de decenas o centenares en unas (70, dijeron) ciudades del interior que no mostraron; de unos embanderados con celeste y blanco que entrecruzan reclamos terraplanistas, llamados a resistir el “nuevo orden mundial”, fusilamiento de peronistas corruptos, cacerolazos de country contra la yegua que deja libre a Lázaro Báez e invitaciones a enfrentar la infeKtadura.

¿Qué pasaría si quisiera y pudiera exteriorizarse en las calles la parte del pueblo dispuesta a defender al Gobierno?

¿Acaso no habría una manifestación muchísimo más grande que la que les bastó a los medios del relato republicanista para significar masividad propia?

Pero tampoco sería la película, sino una imagen tan significativa como parcial.

Los relevamientos mediáticos y multiplicados indican que toda escena ampulosa parece símbolo de algo grave. Esencialmente, del humor que más le conviene a cada quien.

En todo caso y a juicio meramente propio, la mayoría por ahora silenciosa espera el dibujo –aunque sea sólo eso: el esquema, el boceto– de un horizonte extra, prioritario, que no radique con exclusividad en la administración del durante la pandemia.

Con qué; a favor en y contra de quiénes se compondría mínimamente el tablero; con cuáles cuadros se instrumentarán las esperables decisiones de favorecer a la mayoría. Preguntas.

Por ahora, banca el Estado.

Suponiendo que se llegue al acuerdo con los bonistas para disminuir y patear vencimientos de la deuda, y en el segundo supuesto de que además se acuerde con el FMI ese muerto descomunal que dejó Macri (salvo que alguien crea realmente en el Fondo como un nuevo y sensible compinche), ¿de dónde se saca, que no sea del costo de las grandes corporaciones y de la intervención decisiva del Estado, la plata que hace falta para empezar a recuperarse?

¿Y con cuál liderazgo político se hace eso?

Siempre recurrente: lo difícil es acertar con las respuestas, antes que con las preguntas.

Si el Gobierno sabe trazar una motivación, munido de unos tips convincentes acerca de para dónde se va, podría despreocuparse relativamente de las militancias que sublevan a “la grieta”.

Ese rumbo debería prescindir de no enojar a nadie.

Contestar golpe por golpe sirve para no dormirse de cara a las furias básicas. Pero hay un tercer segmento que define sentimientos, elecciones y, por fin, poder.

Lo constituye, nuevamente para aburrir (o no) con las reiteraciones, la gran mayoría no politizada.

¿Debe haber un núcleo duro que no deje pasar las acciones y chicanas del gorilaje, ni de su conducción mediática que reemplaza salvadores nacionales uniformados y ausencia de cabezas partidarias? Sí.

¿Es obvio y admisible que ese odio de clase tirará con todo lo que tiene, y crecientemente, porque no soporta siquiera un empate de correlación de fuerzas? Sí.

Más luego, ¿se construye poder, desde un gobierno armado con más de unión que de unidad, a través de ser más creativo y contundente en las réplicas a las provocaciones? No.

Como hipótesis, sólo la creación de una agenda superadora será capaz de sobreponerse a este callejón que semeja sin salida.

¿Dónde está el vector?

¿Cuáles son, hoy, como supieron serlo la estatización de las Afjp, la AUH, la ley de Medios, los disparadores dinamizantes de la gestión?

¿Es el impuesto a las grandes fortunas? ¿Es la reforma impositiva? ¿Es la batería de créditos a lanzar con eje en las producciones regionales? ¿Es animarse contra los oligopolios que forman los precios? Y si así fuese, ¿se lo haría con cuáles fuerzas de un Estado con capacidad de control desvencijada?

¿Es que “el campo” haga el aporte mayor porque continúa levantando en pala ingresos elefantiásicos, que cuentan con el amparo de quienes defienden estafadores de Vicentin a título de la Patria?

¿Es volver a apostar a una burguesía nacional que nunca existió, o que sí pero ya no?

¿Es propender y aguantar hasta que se cambie la matriz productiva de un país con mentalidad de sostenerse en una economía primaria y colonizada?

Gigantesco desafío, el de quitar o sumar a preguntas como ésas y el de descifrar respuestas que no sean poética facilista de posteos en las redes.

Estaría claro, por lo pronto, que disponer como (casi) solo argumento el prenderse a retrucar permanentemente contra los odiadores de toda la vida es un elemento necesario. Que no alcanza.

P:D 1: Solidaridad con los colegas agredidos el jueves.

P:D 2: Alrededor de 2 mil periodistas, trabajadores de prensa, analistas, actores y académicos del mundo comunicacional, colegas ocupados y desocupados de medios públicos y privados, comunitarios y autogestivos, de todo el país, firmamos la solicitada en que se convoca a recordar nuestra igualdad ante la ley y lo elemental de que no vale todo en el ejercicio de la actividad periodística. Es obvio que lo hicimos en contestación al escrito en que otros protagonistas mediáticos, también numerosos, dan por sentada la existencia de presiones y de una campaña de difamación perversa contra la libertad del oficio. Hablaron de ataques e intimidación evidente sobre periodistas adversos al Gobierno. Consignaron abusos del poder político. Nuestra solicitada es cristalina respecto de que no todos pensamos lo mismo que ellos. Sin embargo, a título personal, necesito el agregado de un profundo reconocimiento a tantos colegas entre los que, como señala el texto, hay diferencias ideológicas o de posicionamiento político. De hecho, para feliz sorpresa de muchos, hay firmas de quienes no habitúan participar en este tipo de declaraciones y de quienes trabajan en medios situados enfrente de la posición expresada. Pero nos pusimos de acuerdo en aquello de que no vale todo. Y en que algunos no deben hablar por todos, sino y solamente por ellos. Sin dar por el pito más de su valor, porque debiéramos asumir esas demasiadas cosas infinitamente más importantes que una contienda entre comunicadores, celebro este acuerdo al que llegamos para decir, fuerte, que quienes desean señalar la existencia de una dictadura, o poco menos, deben hacerlo a su exclusivo nombre.

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