OPINIÓN

El doble mensaje de las urnas

El doble mensaje de las urnas

Por Mario Waifeld – 

“La gente nos hizo precio” sintetiza y celebra un amigo, militante y académico cordobés. “La gente” designa al conjunto del padrón electoral que se pronunció de maneras variadas en distintas provincias pero que emitió un veredicto conjunto. Como si se hubiera conjurado, pongalé. El pueblo argentino ejerce poder en el cuarto oscuro: sus decisiones son inteligibles y rotundas. “La gente” ejerce masivamente el derecho a votar entre otros motivos porque modifica la realidad.

Anteayer “alivió” el castigo que ella misma (“la gente”) había propinado al Gobierno en las primarias abiertas (PASO). Frenó las ínfulas de la dirigencia cambiemita. Impidió la jugarreta aviesa por la presidencia en la Cámara de Diputados. Transformó la propuesta de “transición ordenada” en un gesto de soberbia con olor a cala. Emparejó los tantos en Buenos Aires y permitió que el gobernador Axel Kicillof alcanzara, raspando, el control del Senado provincial.

El sujeto electoral no pensó en esas consecuencias detallistas pero comprendió el desbalance de las PASO. Incidió para ese cambio la acción política desplegada en formatos clásicos poco atendidos en la campaña previa: caminar el territorio, buscar a compañeros enojados o apáticos, escucharlos, ayudarlos a llegar al lugar de votación que no siempre queda a pocas cuadras (asfaltadas) de la casa.

Sin poder probarlo, el olfato indica que el viraje del pueblo bonaerense, en particular de sus pobladores más humildes, no es consecuencia solo del decisivo esfuerzo de intendentes, funcionarios o militantes. Ni es verosímil que la mayor afluencia de remises cause de por sí el efecto de congregar cientos de miles de votos.

Como dos meses atrás pero en sentido inverso, “la gente” o “mucha gente” si queremos ser más precisos, hizo un clic. Zurció una paradoja del primer pronunciamiento.

Se sancionó al oficialismo porque se atravesaron penurias económicas, falta de laburo, precios exorbitantes, restricciones a derechos, demasiado tiempo sin clases presenciales, un puñado de etcéteras. El bienestar faltó, rara avis, en un gobierno peronista.

La paradoja –cruel porque “la política” acostumbra a serlo– es que Juntos por el Cambio (JpC) se benefició por la bronca colectiva a menos de dos años de haber dejado un desastre económico, social, un industricidio. Un endeudamiento colosal pensado a favor de los especuladores.

Son disfunciones de un sistema electoral bipartidista, con dos fuerzas que acapararon este domingo cerca del 75 por ciento de los votos. La competencia no es estrictamente un juego de suma cero pero se le parece bastante. Los comicios parecen un sube y baja el que juegan dos hiperquinéticos.

Los ganadores de las PASO creyeron otra cosa. Se intuyeron relegitimados, casi diríamos perdonados. Fueron por más, supusieron que vencerían en las generales por mayor diferencia. En el entusiasmo se quitaron prematuramente maquillaje o máscaras. Anunciaron que cesaría la indemnización por despido (¿qué apuro había?). Defendieron a los especuladores que aumentan precios.

El ex presidente Mauricio Macri recorrió canales de tevé amigables (o algo más) haciendo gala de soberbia. Canchereó en Tribunales. Macri supo concitar voluntades años ha pero su gestión melló imagen, quedó desangelado. Transformado en piantavotos sin autoconciencia salta a la vista que es un patrón de clase alta.

Tan grande fue la gula cambiemita en el limbo entre las dos votaciones que hasta le agrió el festejo de un triunfo que fue rotundo. Más causado por la decepción ante el oficialismo que por virtudes propias.

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En espejo, el Gobierno con el presidente Alberto Fernández a la cabeza tiene que internalizar el doble mensaje de las urnas, subproducto de las PASO. Adeuda cumplir con el contrato electoral.

Una fracción importante del electorado no acepta que la pandemia sea el único factor de las fallas, errores o contradicciones. Y tienen razón. El oficialismo, con el Presidente a la cabeza, lo reconoce discursivamente pero no siempre lo traduce en medidas concretas, masivas.

El Presidente anunció una nueva etapa en su discurso grabado. “La gente” dejó abierto el escenario para 2023, motivo de alegría en el Frente de Todos. Oxígeno para sostener la gobernabilidad; no es poco. Con ventaja electoral para la opo versus la inconmensurable ventaja de gobernar para el oficialismo.

El Gobierno solo recobrará aceptación multitudinaria con mejoras patentes en la vida cotidiana de los argentinos. Millones la pasaron mal, sufrieron en pandemia. El impacto de la peste en los imaginarios sociales no se sabe-puede medir todavía. Seguro que es único en la historia, colosal. El Gobierno lo subestimó al apostar demasiadas fichas electorales al éxito de la vacunación. Se trata de un deber del Estado; no de una gracia. La consecuencia es regresar adoloridos a la vida usualmente en peores condiciones que antes del encierro y la limitación de libertades… que podrá ser justificable pero jamás grata. La economía es un punto esencial, no la totalidad. La autoestima es otra. Una vida digna es más que sobrevivir día a día, recibir asistencia alimentaria y ver (o suponer) que los gobernantes la pasan mejor.

El Gobierno adeuda gestión y, contra lo que propugnan sus adversarios, construir más poder. El que ejerció en sus mejores decisiones: salvar y dar asilo a Evo Morales, la ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, el aporte solidario de las grandes fortunas. Pulseadas ganadas sin violencia ni autoritarismo: con apego a las leyes, sin mengua de derechos constitucionales. Salvando vidas y redistribuyendo riquezas.

La lucha contra la inflación, antes que la corrección virtuosa de ciertas variables, es una pulseada con los poderosos. A casi dos años de mandato, se viene perdiendo. El volantazo imprimido por el secretario de Comercio, Roberto Feletti, comprueba, en semanas, que ponerse firme “garpa”, que el establishment cede cuando se lo enfrenta con firmeza, conforme a derecho y negociando lo disponible.

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Alberto Fernández anunció una nueva etapa, post pandemia y post electoral. Confía en la recuperación económica, el crecimiento del PBI, la dinamización de la industria y la obra pública. Este cronista opina que esas mejoras no alcanzan para una estructura social que viene mutando desde los 90, el 2001 y aún después de los gobiernos kirchneristas.

Se reconfiguraron la estructura social, el modo de producción, los conchabos de los laburantes, las organizaciones de la clase trabajadora.

El notable esquema de protección social edificado entre 2003 y 2015 “atrasa” o se queda corto para compensar a todos los argentinos ante tamaña malaria. Sirve de mucho, amortiguó el tsunami macrista, apuntaló paz social desde fines de 2019. Pero se queda corto frente a las necesidades populares, el polícromo cuadro de una sociedad en crisis.

Los gobiernos justicialistas, vale recordar, consagraron instituciones económicas, sociales y laborales. No solo mejoraron la distribución del ingreso, también ayudaron a conquistar derechos. Uno de los desafíos para esta gestión es salirse del reducido contexto de lo dado.

El ingreso universal, supone uno escuchando a personas más sapientes, es una de ellas. En cualquier caso, es imperioso trascender una idea reduccionista: el desarrollo del actual modelo productivo y de las instituciones que lo entornan no podrá mejorarle la vida a la clase trabajadora en su conjunto.

Para pegar saltos de calidad, trascender lo dado. Para hacer una tortilla hay que romper algunos huevos, decía un especialista en esas cuestiones.

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