OPINIÓN

La vieja Guerra del Paraná y la Soberanía

La vieja Guerra del Paraná y la Soberanía

Por Mempo Giardinelli – 

Podría afirmarse que la inmensa mayoría del pueblo argentino ignora que el río Paraná fue escenario de intensas disputas desde los tiempos en que éramos colonia española. Y como es una historia que nos interpela en el presente –porque es la historia misma de la soberanía nacional– valga este repaso de una gesta que, en sí, está llena de episodios que hoy casi no se recuerdan, ni siquiera como efemérides escolares, y que sin embargo son antecedentes imprescindibles de la batalla política que hoy se está librando.

Y lo primero y más curioso a señalar es que la historia de la resistencia criolla en defensa del Paraná es mucho más heroica y constante que lo que la historiografía contemporánea reconoce. Basta señalar, como ejemplo, el dato asombroso de que hoy se honra la primera gran resistencia armada, que fue el 20 de noviembre de 1845 en la Vuelta de Obligado, fecha consagrada como Día de la Soberanía Nacional, cuando, en realidad, fue una derrota. Y en cambio se ignora la historia completa, victoriosa, que hoy tiene una enorme importancia.

Sin dudas la batalla en la Vuelta de Obligado fue heroica, y original con el tendido de cadenas atravesando el río, pero la verdad es que la flota anglo-francesa enviada para doblegar a la naciente Confederación Argentina logró su objetivo y consiguió pasar, cañoneados y cascoteados, pero no derrotados. Y lo más curioso es que con posterioridad se glorificó esa derrota a la vez que prácticamente se echaron al olvido las dos batallas posteriores, sobre el mismo río y aguas arriba, donde esa misma flota invasora fue, allí sí, verdaderamente derrotada.

La decisiva victoria sobre los invasores franco-británicos se verificó meses después de Obligado, en dos gestas heroicas que no merecen olvido.

La primera fue el 16 de enero de 1846 y se la recuerda como Segundo Combate de San Lorenzo, 33 años después del primero: el bautismo de fuego de los célebres Granaderos del General San Martín.

Según la verdadera pero poco conocida Historia de la Guerra del Paraná –que es como se llama a los sucesivos y hasta hoy persistentes empeños extranjeros por internacionalizar nuestro principal río interior– fue en esa batalla donde se venció por primera vez a las potencias extranjeras empeñadas en forzar la libre circulación fluvial regulada por intereses comerciales que, desde que éramos colonia española, conocían y ambicionaban controlar la extraordinaria importancia estratégica del Paraná.

La escuadra franco-británica que después de Obligado siguió su marcha río arriba estaba formada por modernísimos vapores blindados como el Gordon y el Harpy, con torretas giratorias y cohetes especiales, la corbeta Expeditive, los bergantines Dolphin y King, y dos goletas artilladas totalizando unos 40 cañones que protegían al impresionante convoy de 52 buques mercantes que se pretendía que “abrieran el comercio libre” sin condiciones ni impuestos.

Fueron recibidos a cañonazos desde ambas costas y en pocas horas esa flota debió huir bastante maltrecha. Tanto fue así que el contralmirante británico Samuel Inglefield, en su posterior informe a Londres, dejó asentado que sólo uno de sus buques no había recibido fuego de los defensores.

Y la segunda victoria, más relevante y definitiva, se produjo el 4 de junio de ese mismo 1846, en la también poco recordada Batalla de Punta Quebracho, donde las fuerzas de la Confederación Argentina al mando del general Lucio Norberto Mansilla (1792-1871) vencieron a la todavía poderosa escuadra que ahora regresaba desde la provincia de Corrientes con la misma pretensión de bloquear el acceso al río y a todos sus puertos.

Fue la contundente victoria en esta batalla la que marcó el final de la expedición colonialista anglo-francesa, que acabó formal y militarmente un mes después, en julio de ese impactante 1846, cuando el ministro plenipotenciario de ambas potencias, Samuel Hood, tuvo que solicitarle a Juan Manuel de Rosas “el retiro más honorable posible de la intervención naval conjunta”.

Así acabó el bloqueo al río y los puertos argentinos, se recuperó la Isla Martín García, y se reconoció internacionalmente la soberanía de la República Argentina sobre la navegación de sus ríos interiores.

No es dato menor recordar que el 4 de junio de 1939, al cumplirse 93 años de esa memorable batalla, se colocó en el lugar una cruz de quebracho. Que años después, cuando la multinacional Cargill compró ese predio para instalar uno de sus puertos privados, donde todavía están, esa cruz fue llevada a dos kilómetros de distancia. En 1983 se reconoció al nuevo lugar como “sitio histórico” sustituto y en 1999 una ley del Congreso lo declaró Lugar Histórico Nacional. Ridículos gestos cipayos de sumisión.

Este recuento histórico –que tantos compatriotas desconocen– acaso sirva para explicarle a escépticos, distraídos y avivados que en esta cuestión nacional que hasta hace seis meses “no existía”, ahora hay una saludable y maciza alerta pública de millares y acaso millones de compatriotas que no quieren entregar soberanía, ni sobre el Paraná ni sobre Malvinas ni sobre el riquísimo repertorio de bienes naturales que la Argentina tiene.

En los dos meses y días que faltan para que se cumpla el plazo extendido para acabar con la infame privatización (dizque “concesión”) del río Paraná, es de esperar que la resolución sea patriótica y no pragmática. Y que todo sea limpio, pacífico y democrático para que recuperemos todo lo que hemos perdido: no sólo el dragado y balizamiento y las Direcciones de Puertos y de Vías Navegables, sino también el trabajo a pleno de los casi 20 astilleros que aún sobreviven desde la gran industria naviera que nuestro país supo tener. Y sobre todo importan: la recuperación de los puertos hoy extranjerizados; la certeza de los volúmenes transportados mediante pesajes estrictos y a cargo del Estado (en lugar de “declaraciones juradas” incomprobables); el pago de impuestos nacionales y provinciales; el control sanitario de lo que se dice que se exporta e importa; el firme control del contrabando y otros tráficos ilegales que solamente el Estado puede y debe controlar; así como el cobro de todos los peajes a cargo exclusivo del Estado.

La Argentina tiene sobrada y reconocida capacidad tecnológica para hacer todo esto, y hacerlo bien y limpiamente. No es cierto que somos un país de chorros. Hay muchos chorros en la política y entre ellos dirigentes sindicales de sobrada historia negra que se sabe que trajinan despachos oficiales representando a ningún trabajador, que es otra cosa.

La cuestión de la soberanía es eminentemente política y no hay dudas de que la inmensa mayoría del pueblo argentino acompañará al gobierno en esta patriada. Un clamor creciente, expansivo y macizo lo viene demostrando.

Y si quedaran dudas, ahí está el artículo 40 de la Constitución Nacional para que la Cámara de Diputados llame a una consulta popular vinculante, que, de paso, bien podría referirse a todas las cuestiones de Soberanía que en nuestro país han venido siendo descartadas hasta convertirnos en un desastre ecológico potencial gracias a feroces talas de bosques, abusiva concentración de la tierra, megaminería criminal y ladrona, y tantas otras calamidades. Por eso, entregar el Paraná es como entregar las Malvinas.

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