OPINIÓN

Todos en el mismo bote

Todos en el mismo bote

Por Gabriela Pepe

“Si quieren contar conmigo en la gestión tiene que ser con todos remando adentro del bote y con garantías”. Eso dijo Sergio Massa hace dos semanas en el congreso que el Frente Renovador organizó en San Fernando, donde anticipó que se venía una etapa de gran protagonismo para su equipo, en medio de la crisis económica y financiera que se desató tras la salida de Martín Guzmán. Al exministro le dedicó varios descalificativos. Dijo que “a los cuatro meses” de su asunción se había dado cuenta de que su gestión iba a ser un fracaso, pero Alberto Fernández lo bancó hasta el final y Cristina Fernández de Kirchner recién le soltó la mano en enero, por el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI).

A Massa le tocó el turno con el bote ya agujereado. Por eso se ocupó de que su llegada tuviera a todos los socios del Frente de Todos (FdT) adentro de la nave y de que su desembarco en el Ministerio de Economía recargado contara con el apoyo de Fernández y de la vicepresidenta. Lo primero es un hecho: el Presidente aceptó armar un área económica a medida, le dio la bienvenida y elogió su “visión, capacidad y experiencia”.

Cristina todavía no se pronunció personalmente en público, pero diseñó el nombramiento de Massa en las reuniones privadas que tuvo con el Presidente y con el propio líder del Frente Renovador desde que retomó el diálogo con Fernández, la noche en la que se decidió, de urgencia, el nombramiento de Silvina Batakis. En la Casa Rosada conceden que todo el movimiento fue desprolijo – incluso, injusto – con la ahora exministra.

Batakis fue el salvavidas del momento, pero tanto Cristina como Massa aspiraban a un rediseño integral, que Fernández tardó en ejecutar hasta que a sus socios se les acabó la paciencia e impulsaron un operativo de pinzas que terminó en la concesión presidencial. Aquel fin de semana, Massa había puesto la misma condición: que su llegada estuviera respaldada por el Presidente y la vice. También quería el visto bueno del territorio, intendentes y gobernadores, que se ocupó de conseguir. Sus socios en la tarea fueron el jefe de Gabinete, Juan Manzur, que apuró el clamor de las provincias, y Máximo Kirchner, que se ocupó de los municipios, vía Martín Insaurralde.

El acompañamiento de Cristina es un tema medular que ya da que hablar hacia el interior del FdT. Cerca del Presidente esperan que el respaldo a Massa se materialice de una forma más concreta, para que no queden dudas. Temen que en algún momento se despegue de lo que, entienden, será un plan de ajuste. ¿Irá la vicepresidenta a la jura del flamante ministro? Eso esperan en la Casa Rosada. El acto será el miércoles, antes del anuncio de las primeras medidas económicas. Cristina partió el viernes hacia Santa Cruz, con todos los movimientos ya cocinados, y en su entorno dicen que el apoyo está claro. ¿La confianza de Cristina en Massa será proporcional al poder que le dieron? “Si no confía, va a tener que confiar”, apunta un dirigente avezado que conversa con la vicepresidenta. Será la última oportunidad.

Massa sabrá vender mejor la ilusión que cualquier otro, pero sabe que le toca administrar la realidad. Y es alarmante. En el corazón del FdT dicen que se vienen “tres o cuatro meses complicados”, en los que será difícil encontrar buenas noticias. Saben que llegarán los reclamos por izquierda aunque creen que “hay muy buenas chances de acomodar las cosas”. Massa cuenta con el favor de amigos del mercado que no tienen otros actores del peronismo. El amplísimo espectro de relaciones llega hasta la derecha republicana estadounidense. El ejemplo vivo de eso fue la declaración de apoyo del presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Mauricio Claver-Carone, un hombre de Donald Trump y exponente de la comunidad cubana de Miami. Pocas horas antes de la llegada de Massa, Claver-Carone había dicho que no avalaría el desembolso de 500 millones de dólares del BID a la Argentina, por considerarlo un país “insolvente”. Después llegó la celebración por el nombramiento del nuevo ministro. “Te pueden gustar o no, pero Sergio tiene esas relaciones y sirven”, admiten en Balcarce 50.

El nuevo ministro es un personaje conocido también para inversores, operadores de Wall Street, para el gobierno de Joe Biden y el FMI. Por eso, los interlocutores que tuvo Batakis en Washington la semana pasada no dramatizan demasiado, más allá de la desprolijidad absoluta en las formas. Massa no les caerá con un martes 13. En la Casa Rosada aseguran que el mensaje que dio en Estados Unidos la ahora exministra no se modificará en sus puntos centrales. Los lineamientos serán los mismos, reducción del déficit y de la emisión y cumplimiento del acuerdo con el FMI, aunque haya sido rechazado por la vicepresidenta.

“Cristina no come vidrio”, apuntan cerca del Presidente, sobre la conciencia que la vicepresidenta tiene sobre la gravedad de la situación. De la crisis se saldrá por derecha y Massa tendrá espalda política, capacidad de gestión y creatividad como para que no se note tanto. Creen que los mercados celebraron que “el sector moderado” del FdT “tomó las riendas de la economía.

Este viernes, por lo pronto, fue un día de paz en la Casa Rosada, después de días aciagos producto del terremoto financiero. Fernández conversó con varios de sus dirigentes más cercanos. Lo vieron tranquilo por la respuesta de los mercados y por haber podido, finalmente, sellar el rediseño del Gobierno, en sintonía con Cristina y Massa, y dolido en lo personal por algunos el desenlace inesperado que tuvo, el jueves, la salida de Gustavo Beliz, a quien consideraba parte de su círculo íntimo. El ahora exsecretario de Asuntos Estratégicos renunció sin avisar, minutos después de que Julio Vitobello le anunciara que Massa se quedaría con el área de créditos internacionales que estaba bajo su órbita. Para el Presidente fue un trago amargo, una traición personal: Fernández lo había sostenido durante su gestión a pesar de la resistencia de Cristina. El exsecretario siempre fue señalado como quien más fogoneaba la ruptura con la vicepresidenta. La relación terminó tan mal como antes de la campaña 2019, cuando se reencontraron después de años de distancia.

El Presidente anotó que los medios leyeron el ingreso de Massa como una rendición incondicional y una pérdida de poder. Su entorno más íntimo lo analizó de otra forma. Cree que, aunque tarde, en algún momento le reconocerán a Fernández que pagó un alto costo personal y político por sostener la unidad del FdT. Lo hizo cuando sindicalistas, gobernadores e integrantes encumbrados del Gabinete le reclamaban que dejara a moderación y armara el albertismo y rompiera definitivamente con Cristina. El momento más álgido fue tras la derrota de las PASO 2021. Entregó incluso a los propios para evitar la fractura.

Después, masticó bronca con las críticas de la vicepresidenta. Cortó el diálogo con Cristina, pero nunca rompió la relación. Con la crisis económica desatada, se vio empujado a la reconciliación forzosa hasta por sus dirigentes más cercanos, que le rogaron que dejara de lado el enojo y la llamara. Semanas después, negoció con la vicepresidenta la entrada de Massa y le dio la llave de Economía. Leyó en los medios que capitulaba. Sus amigos más cercanos lo reivindican. Dicen que todo el derrotero lo convirtió en el garante de la unidad del FdT que construyó junto a Cristina en 2019. “Ella fue la arquitecta y Alberto fue el artesano que juntó dirigente por dirigente. Ahora vuelve a reconfigurar la unidad del FdT y a pagar el costo”. En 2019 Fernández fue quien terminó de sellar el ingreso de Massa, hoy su súper ministro.

En paralelo al ingreso de Massa, el Presidente selló otras reconfiguraciones. El jefe de asesores y miembro de su mesa chica, Juan Manuel Olmos, reemplazará a Jorge Neme como vicejefe de Gabinete, Neme pasará a Economía. En el albertismo dicen que Olmos le dará más impulso a la gestión, que consideran “lenta”. Será, también, un ojo de Fernández en la gestión de Manzur, el representante de la liga de las provincias.

En tanto, Gabriel Katopodis, un ministro que formó parte de la tropa más albertista, se quedará con el área de Transporte, que conduce el massista Alexis Guerrera. Será, apuntan en la Rosada, también para darle más dinamismo a la gestión y también para cuidar el equilibrio interno, después de que Massa se quedara con Desarrollo Productivo y Agricultura, y arrasara con Daniel Scioli y Julián Domínguez, respectivamente.  Katopodis se ganó la fama de buen ministro en Obras Públicas. También, después de intentar construir el ala albertista del FdT, supo tender a tiempo puentes con Cristina y Máximo Kirchner. También tiene un pasado massista. Su figura ecuménica cierra para todos en el plan de tratar de concentrar tareas en menos ministros.

Fernández consiguió sostener, por ahora, al presidente del Banco Central, Miguel Pesce, aunque Massa también quería su lugar. También mantuvo en la Cancillería a Santiago Cafiero, su hombre de confianza. El exjefe de Gabinete se reunió varias veces con Massa en los últimos días para cerrar detalles de su llegada. El Canciller, Julio Vitobello, Olmos y Vilma Ibarra forman el círculo de leales del Presidente que lo acompañó durante las horas más difíciles. También los que insistieron para que Fernández aceptara abrir el Gobierno a Cristina y a Massa. Otro cambio que llegó para quedarse en la modalidad en la toma de decisiones. Finalmente, como pedían Cristina y Massa, todas las definiciones políticas medulares se tomarán en la mesa de tres.

La llegada del tigrense es riesgo y oportunidad. Massa buscará lucirse en el Ministerio de Economía y, desde allí, construir la plataforma para la candidatura presidencial que sueña. Será, también, la última bala de plata de un Gobierno en crisis. Si Massa fracasa, se hundirán todos juntos. Si su gestión sale bien, habrá 2023. Fernández lo sabe y no lo resiste. El Presidente cree que el tigrense fue una pieza fundamental en el cuidado de la unidad del FdT y de su relación con Cristina. Valoró, en particular, su actitud en las últimas negociaciones. Dice que lo importante, en definitiva, en 2023, será la continuidad del proyecto político, que está por encima de los nombres.

 

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