OPINIÓN

La última ficción

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Por Marta Dillon -

“La vamos a repetir a las seis de la tarde para que la puedan ver los que vuelven del colegio”, dijo Mauro Viale apenas terminados los primeros comentarios sobre su entrevista con el acusado de violación de una niña de 16, hace 9 años, que necesitó todo ese tiempo para encontrar las palabras justas y el acompañamiento necesario para hacer la denuncia. Aunque sus gestos compungidos y su premeditada actitud reflexiva frente al hecho de poner en escena pública “la versión” del acusado moderaban su euforia, la mención a la repetición de la entrevista de 20 minutos fue eufórica y lo hizo trastabillar. ¿Quiénes vuelven del colegio? ¿Quiénes más deberían ver a ese hombre claramente guionado por una estrategia de defensa legal que no hizo más que condenarlo? ¿Otras adolescentes a las que hay que callar a tiempo?

La voz de Juan Darthes, insistiendo con su muerte en vida, insistiendo con que “si esto llega a ser cierto” el que tomaría la decisión de terminar con una vida ya acabada por las acusaciones sería él, como si alguien más pudiera decirle lo que él ya sabe se escucha casi en simultáneo con la de Calu Rivero, que asistió obligada a un careo con el mismo abusador que la judicializó para evitar que prosperara su denuncia. Darthes, obviamente, no apareció en el careo, estaba intentando largar lágrimas frente a Mauro Viale, que le tiraba un salvavidas de plomo hablando de una versión y otra, dándole lugar al victimario de ponerse en el lugar de la víctima, el ya muerto, el impotente frente a “la teoría del rumor”, el señalado por un aquelarre de “cien mujeres” que, sin decir nunca por qué, lo acusarían falsamente. Según su propia versión, claro.

A ellas, según el acusado, les corresponde la lengua de las locas, la maledicencia, el pensamiento mágico, el reflejo del cardumen que obedece sin pensar. Para él, la ciencia, para él lo que dirá la Justicia, la técnica, la civilización: ni él sabe lo que pasó, lo dirá la voz ilustrada del estrado. Y si fuera que dictaminan en su contra, entonces, él será el que aplique el castigo sobre sí mismo. Nada que no se sepa de antemano, si esta escena que no dejó de replicarse en la televisión de la tarde y siguió su rueda después de la vuelta de la escuela aporta algo es claridad. Dejó expuesto el modo en que pactan entre sí los machos para cuidarse en sus supuestas debilidades –esas que están encarnadas en ese “como me ponés” que ni ellos pueden controlar pero les encanta porque su supuesta potencia es un milagro al que hay que atender–, de escucharse en su lamento nostálgico por los privilegios que se les escurren, en el sostenimiento de un guion al que se jugaron Darthes y su abogado, que sostiene todos los discursos que minimizan el abuso: ellas se aprovechan, ellas dicen que sí con sus gestos que son más que las palabras, ellas abusan de ese deseo masculino siempre listo.

Sin embargo, Darthes se encierra solo. En la habitación de hotel donde sucedieron los hechos. Se encierra ahí porque el encierro es su coartada, en el encierro no hay más que él y su víctima. Ahí donde fue poderoso porque estaba solo el hombre cariñoso, el único adulto del elenco, el mismo en el que confían padres y madres de niñas famosas que querían ser actrices para que las cuidara durante los días y las noches en que debían alimentar con su frescura y sus pocos años la industria del espectáculo mientras durara el éxito. El es el que dice que estaban solos, que fue víctima del desenfreno de la chica, que le dijo “¡vos estás de novia!” porque ese freno es el que reconoce el pacto machista, el de la propiedad de los cuerpos, ese que dice que la novia de un amigo tiene bigotes, porque no es ella la que importa sino la marca que otro como él le grabó a fuego. ¿Tenía 16 años? ¡Pero estaba de novia! El fue el que le dijo que saliera de la habitación.

–¿Y tiene pruebas de todo eso? –preguntó Viale.

Y él, el acusado, dijo que sí y después recordó que su coartada no es solamente que estaban solos en la habitación, que estaban en un lugar cerrado, cerrado también porque las condiciones de escucha para cualquier relato entonces, antes de que suene la voz colectiva que sostiene a la que denuncia, a las que denuncian, estaban de su lado, del lado del hombre de familia acosado por esa dionisíaca revolución hormonal e irracional de la adolescencia. Su coartada es también el silencio que logró que se sostenga por años. Esa complicidad involuntaria con el abusador de la que los abusadores se aprovechan. No hay que hablar, porque si hablás, dañás a otros, te dañás a vos misma, nadie te va a creer. ¿Quién te va a creer?

Ese silencio obligado es el que estalló, el que modificó la relación de fuerzas, el que hizo que el miedo cambie de bando. La estrategia defensiva es impotente, no hay cómo me ponés, hay la muerte de un sentido común que ponía en duda la voz de las victimizadas porque ellos, pobres, se ponían así por responsabilidad de ellas. Los gestos de Mauro Viale buscando imparcialidad, el lamento misógino del acusado, la escucha que le puso el entrevistador; todo eso se convirtió en pasado en pocos días. Quedan muchos sentidos por desplegarse de esta escena, de la escena de la denuncia, del día después cuando estallan las líneas que atienden este tipo de denuncias que se acumulan sobre los oídos de las trabajadoras precarizadas que atienden los teléfonos. Pero la exposición en versión pornográfica del guión del pacto patriarcal metió una grieta en ese pacto y es ahora material pedagógico para anticiparse a lo que ya sabemos que van a decir. Y que ya no va a funcionar como coartada.

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