El último viernes un rumor transformado en noticia periodística provocó una fuerte conmoción en un sector muy importante de la opinión pública argentina. El anuncio de la candidatura presidencial de Cristina Kirchner y su inmediata y potente repercusión denotan -por si hiciera falta- la centralidad política de la ex presidenta en el cuadrante popular de la sociedad argentina. Desde la perspectiva de ese “acontecimiento que no fue” (por ahora) es posible, y acaso útil, revisar el carácter y el sentido de las últimas intervenciones de Cristina: de lo que se trata para ella es de no convertir su presencia en la boleta electoral en un remedio milagroso para los males del país. Claro que desde el punto de vista que se pretende exponer aquí, su decisión de presentarse no sería un hecho menor.
Es absurda la queja por la personalización de la política que el entusiasmo cristinista provoca: durante las últimas décadas se ha desarrollado en todo el mundo la centralidad del candidato en el desarrollo de las elecciones. Los partidos políticos dejaron de ser agregadores masivos de demandas, formadores de perspectivas ideológicas y constructores de identidades políticas -muy relacionadas con la centralidad de las clases sociales en sus definiciones- para convertirse en máquinas electorales cuya función principal y casi única es la de respaldar candidaturas forjadas fuera de los partidos; visiblemente ante las cámaras de la televisión. La literatura política ha llegado a concebir la idea del “partido personal”, concepto para entender el cual alcanza con seguir la trayectoria política de Javier Milei. Cristina visitó de modo muy excepcional los sets televisivos; su emergencia al primer plano tiene el sello de la crisis de 2001 y el ascenso inesperado y contundente de Néstor a la presidencia de la república desde el extraño formato de una elección del partido justicialista simultánea con los comicios presidenciales.



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